¿Qué significa Kipur?

5 10 2008

  ¿Querés ser cubierto por un año más?

Rab. Richard Kaufmann, Yerushalaim.

Cuando queremos saber el significado profundo de una palabra hebrea, los sabios nos enseñan que debemos buscar la primera vez que dicha palabra o su raíz aparecen en la Torá.
¿Cuál es, entonces, el primer momento en que surge el término “kipur”? En el “arca de Noé”. Cuando Hashem le ordena a Noaj (“Noé”) que construya el arca le dice que la cubra por dentro y por fuera con “kofer”; palabra que en español suele ser traducida como alquitrán, un material que antiguamente era utilizado para recubrimiento y aislación. Según este concepto, Yom Kipúr es el día en el cual Hashem “cubre” nuestras transgresiones, extendiendo nuestro “contrato de vida” por un año más.
Cabe a partir de aquí preguntar qué es lo que debemos hacer para despertar sobre nosotros a dicha divina cualidad. La respuesta es que, además de arrepentirnos, pedir perdón y comprometernos a no reincidir; debemos actuar hacia nuestros semejantes de la misma manera como queremos que Hashem actúe hacia nosotros; es decir, perdonando, no siendo rencorosos ni vengativos.
Recordemos lo que los sabios nos enseñan: con la misma vara con que uno mide o se comporta hacia los demás, así lo miden y se comportan desde el Cielo hacia uno. Por consiguiente, en la medida en que seamos más flexibles, tolerantes y generosos hacia nuestros semejantes, atraeremos el mismo tipo de comportamiento hacia nosotros desde el Cielo. Y, en la medida en que tomemos el compromiso de ayudar a cubrir las necesidades de nuestros semejantes,  desde el Cielo nos ayudarán a poder cubrir con abundancia también las nuestras.

En los rezos de Rosh Hashaná y Yom Kipur mencionamos que “la Teshuvá, la Tefilá y la Tzdaká transfieren el veredicto negativo”. Cabe preguntar en relación a esta frase, ¿por qué estas tres palabras son dichas en ese orden? Porque, si bien lo principal de todo es la Tzdaká (el hacer el bien a los demás), para tener el mérito de que nuestro bien llegue al lugar y de la manera correcta, es necesario que hagamos mucha Tefilá. Y para que nuestra Tefilá y nuestra Tzdaká sean positivamente aceptadas desde el Cielo, es necesario que corrijamos nuestra conducta y nuestras acciones, ¡atrayendo méritos sobre nosotros a través de la Teshuvá!

Quiera Hashem que en este año que comienza tengamos la fuerza de voluntad para implementar todos los cambios positivos que nos propongamos hacer, para que todo el potencial de bondad y generosidad que Hashem puso en nosotros se ponga finalmente de manifiesto, contestando a todos y cada uno de nuestros ruegos y pedidos prontamente y para bien. ¡Gmar Jatima Tova y que sea un año pleno de alegrías y de bendiciones!





Los reales desafíos

5 10 2008

Editorial de Natalio Steiner, co-director del periódico Comunidades

La polémica que suscitara el ahora presidente de la AMIA, Guillermo Borger, por sus expresiones acerca de la genuinidad de los judíos, expresiones por él rechazadas pero reafirmadas por Clarín, han puesto el dedo en la llaga sobre un tema urticante desde hace por lo menos 200 años: ¿Quién es judío y qué es ser judío? ¿Es ser parte y observante de una religión? ¿Es ser miembro de un pueblo en el que la religión es un valor importante pero no el único parámetro de decisión? ¿Es pertenecer a una nación de raíces comunes, aún en la dispersión, a pesar de existir Israel? ¿Es ser parte de una cultura, de una civilización? ¿Es una elección o una imposición de nacimiento? ¿Quizás las dos cosas? ¿Somos el pueblo elegido pero ahora optamos por el universalismo? No es mi intención, en esta columna, abordar temas tan densos y delicados que, por lejos, exceden este editorial y hieren susceptibilidades. El debate no se agota en AMIA, porque afecta al mundo judío por igual por lo menos desde la Revolución Francesa, sino antes. Sin embargo, no puedo eludir algunas definiciones.

Ser judío es pertenecer a una nacionalidad basada en principios religiosos. En el momento de la entrega de la Torá vemos que el pueblo judío adquiere su carácter, que antes era puramente tribal. No es cuestión de opinión, sino de leer las fuentes. ¿Cuántos miles de judíos se han perdido como tales en nombre de un “judaísmo laico” (en realidad vestigios nostálgicos de un judaísmo histórico) que los enajenó del conocimiento de sus fuentes? ¿Acaso comer sandwich de pastrom y pepino y vivir del “judaísmo prestado” de algún abuelo rabino va a permitirme sobrevivir como judío? Muchas veces que he viajado al interior a dictar conferencias, no pocos dirigentes comunitarios me cuentan con orgullo indisimulable acerca de algún bisabuelo rabino que vino de Rusia. Yo, con respeto, les pido que no me hablen del pasado judío del rabino, sino del futuro judío del nieto. Es allí donde obtengo un doloroso silencio.

De manera tal que, es estéril debatir sobre la genuinidad o no de los judíos, sino que el debate, hoy inexistente, debe darse acerca de quién será o no judío en los tiempos actuales de desjudaización y globalización.

La tensión entre modernidad y religiosidad es un fenómeno constante que ha generado dispares respuestas laico-religiosas al dilema. Ahora ya no es hora de debates, sino de medir resultados y logros educativos como respuesta a la asimilación. Dado que el denominado judaísmo laico sale muy mal parado en los resultados, sus cultores -afamados y mediáticos intelectuales judeo-argentinos (muchos de ellos en Clarín)- prefieren no hablar de asimilación y desjudaización, porque su flanco es débil y, por ende, atacan la tradición judía, tildándola de arcaica, simplemente para no admitir la contundencia de sus fracasos.

¿Dónde están para el judaísmo los hijos y nietos de Freud, Marx o Einstein? Por citar sólo a algunos de los laicos judíos más citados. Nadie niega sus aportes al mundo de las ciencias, pero a qué comunidades van sus descendientes ¿Son sionistas o no? ¿Viven en Israel o la diáspora? ¿Son reformistas, conservadores, laicos, ortodoxos? La respuesta es obvia: ya no están en el judaísmo; porque sus identidades quedaron adheridas a las ramas, al follaje, a la hermosa y frondosa copa, pero no abrevaron de su raíz y, por ello, no formaron un grueso tronco que resista las tormentas de la asimilación.

En nombre de la continuidad judía tan declamada ya es hora de archivar recetas fallidas, divorciadas de la tradición judía, del hebreo, del sionismo, de la historia, de los preceptos. Más que nunca, llegó la hora de que el Pueblo del Libro vuelva a buscar en el Libro de los Libros respuestas a dilemas milenarios y modernos.