
La búsqueda de la identidad es un proceso raro. Cuando uno se pregunta seriamente “¿quién soy?” comienza una descabellada carrera hacia la individualidad que involucra un alto porcentaje de extravagancia, ya sea que uno termine llevando el pelo violeta, vistiéndose de forma exótica o hablando con un extraño acento checo.
“Debo confesar que invertí muchos años intentando diferenciarme del resto. Al volver del trabajo en el subterráneo repleto de oficinistas yo no quería ser la del pelo lacio con reflejos o la del saco gris, y les aseguro que lo conseguí, pero con el tiempo tuve que reconocer que esa criatura ridícula en la que me había convertido, si bien no era ellos, tampoco era yo.
Entonces encaré la búsqueda desde otra perspectiva. Y eso me llevo a pasar por un número nada despreciable de experiencias, desde sesiones interminables de meditación de las que salía despidiendo olor a incienso barato, a inmersiones en tanques de flotación de las que salía con un ataque de claustrofobia.
Y si bien ahora estos recuerdos pueden resultar divertidos, en su momento la angustia era el sentimiento predominante y la sensación de no llegar a ningún lado me dejaba ante muy pocas opciones en la vida. O eso pensaba.
La vida de Torá resultó ser el camino para conectarme conmigo misma desde los lugares más inesperados. Es tan variada que nos hace pasar de una situación a otra con la misma rapidez que un rayo y con un mecanismo supremo, logra tocar cada cuerda del ser para componer nuestra música personal.
(…) Ya saben lo que dicen por allí, cuidado con lo que buscas, pues puedes encontrarlo. Hoy ya no me preocupa diferenciarme del resto, mas bien todo lo contrario, invierto el doble de esfuerzo en parecer normal, o un poco por lo menos”.
Fuente: El sabor del Rimón
Comentarios recientes