
Con mis amigas, cuando salíamos del colegio, íbamos a “posters del tiempo” y mientras ellas buscaban cuadernos de Sarah Kay y Hello Kitty yo me quedaba sosteniendo la puerta del negocio para que nos vayamos rápido. Mientras mis amigas tenían las uñas pintadas con laca, yo las tenía sucias por la tierra de mis plantas; mientras todas pedían helado de chocolate y frutilla, yo pedía limón y ananá. Cuando escuchaba una mala palabra, me sonrojaba; a los mayores los trataba de usted y cuando en un partido de basket la referí le cobraba por error al equipo contrario una falta, yo le avisaba. Con el tiempo mis amigas me hicieron “corta mano corta fierro” y la entrenadora de basket me dio un ultimátum: o me callaba o me mandaba al banco.
Para no quedarme sola puse todo mi empeño en encajar. Hice que me importaran cosas que no me importaban y dije cosas en las que no creía. Y de eso hace tanto, tanto tiempo, que ya no me puedo acordar de lo que en realidad me gustaba, lo que quería hacer o lo que pensaba.
Y, justo ahora, de lo que me vengo a enterar es que muchas coincidimos en esto, que a casi todas nos pasó lo mismo. Que levante la mano la que se siente identificada con lo que digo. Que levante la mano la que alguna vez no encajó con el resto.
Hay un momento en el que una se detiene y se dice “esta soy yo”. Una piensa que la edad para crecer es la infancia, pero en realidad la edad para crecer es cualquiera. Y crecer significa conocerse, saber lo que una tiene y dárselo al mundo. Una es lo que la distingue, y precisamente eso es lo que la va a hacer encajar, como en un rompecabezas, donde cada ficha tiene que ser distinta para poder ensamblarse.
¿Y a dónde voy con esto? Voy hacia un punto de encuentro. Quiero que trabajemos juntas. No importa si somos distintas, o justamente lo contrario, eso es lo que importa, porque hay algo que la otra tiene que es desconocido para mí y que me puede inspirar a ir más allá y no quedarme en “mis principios”. El precepto dice “amar al prójimo como a uno mismo”. No dice “amar al prójimo solamente si es como uno mismo”.
Fuente: El sabor del Rimón.















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