
En el libro “Historias con vida. Amia. 15 años“ la periodista Florencia Arbiser parte de esa pregunta para recorrer, conocer y tratar de entender la vida de 15 personas que hacen frente al dolor. A pesar de que la justicia no llegue, conviviendo con los recuerdos del horror, se puede salir adelante. Los que quedaron tienen mucho para decir. “Estas historias pretenden hacer visible la batalla contra la adversidad”, destaca Arbiser. Tan sólo dos fragmentos de un libro que vale la pena leer :
El abrazo
Los hermanos Fabián y Adrián Furman eran empleados de AMIA y estaban en el edificio cuando explotó la bomba. Fabián no sobrevivió. Sus padres (Graciela y Yaco) participan activamente en grupos de familiares; su esposa lo recuerda en soledad.
A la hora de la explosión estaban los dos sentados en las sillas de la cocina, separados por la mesa de fórmica celeste, con la radio encendida en Mitre o Del Plata, como siempre. (…)
Después del atentado, Graciela se pasaba varios días sin salir de la cama, deprimida y sin comer. Los dos hicieron terapia. Yaco arrancó más tarde: “Yo no fui a la terapia hasta después de un año y medio. ¿Viste cómo son los adolescentes? Ya había ido una vez para comprender a mis hijos adolescentes. No me gustó. A mí lo peor que me pueden hacer es decirme «acuéstese y hable». Así que no tenía muchas ganas de volver a terapia. Pero en casa tampoco podía hacer mucho duelo porque Graciela estaba muy deprimida y yo quería mostrarme más fuerte. Como manejaba el taxi, cuando necesitaba, paraba el auto por los bosques de Palermo y lloraba una hora, hasta que se me pasaba y seguía viaje. El trabajo fue una ayuda. Y al final, el taxista es como el psicoanalista. Hay gente que te quiere hablar y gente que no. Yo muy de vez en cuando contaba lo mío. Una vez se me subió un señor, lloraba mucho porque su suegra estaba muy enferma. Le dije: «Escúcheme, todavía vive y es mayor que usted. Si yo le cuento lo mío, nada que ver». Le conté. Cuando llegó, nos quedamos hablando media hora más y me abrazó al bajar”.
Abuela coraje
Mirta Strier vivía con sus tres hijos adolescentes. Hacía cinco años que su marido la había dejado. Cuando Mirta murió en el atentado a la AMIA fue Alicia -su ex suegra- quien se hizo cargo de los chicos.
En su casa de Banfield, la abuela puso reglas claras: había que sacarse los piojos y bañarse todos los días. Pacientemente, Alicia combatió las mañas de Matías para comer. Y se siente satisfecha con los logros: hasta le agregó fruta a su acotada dieta.
La abuela habilitaba profesores particulares para salvar las cursadas, pero los nietos tenían que esforzarse para mejorar en la escuela. Entonces, llegaba el pantalón de jean con sello Levi?s que ellos esperaban “Yo trabajaba y ganaba bien. Tenía la plata para gastarla.”
Los cuatro compartieron semanas de veraneo en la ciudad costera de Santa Teresita. Sobre el aparador del living, también se despliegan fotos de esos veranos. “Como estudiaba y trabajaba, llegaba a la casa de mi abuela después de las once de la noche, muy agotado. Ella me esperaba para calentarme la comida. Y yo no tenía ganas de hablar. Mi abuela me prendía la tele para que me relajara. Yo miraba la tele y ella me miraba a mí”, cuenta Gastón.
“Cuando se murió mi mamá yo no tenía con quién discutir, a quién gritarle. Mi papá no estaba. Mi abuela es una persona muy buena; pero lo que tiene de buena lo tiene de callada. No es una persona muy demostrativa con palabras. Demuestra con actos.”
Cuando Gastón se preparaba para el viaje de egresados del secundario rumbo a San Carlos de Bariloche, Alicia tenía 71 años. En su propia adolescencia ella jamás había tenido charlas alusivas al sexo. Pero no se anduvo con vueltas. Se acercó sigilosa a Gastón -que preparaba su bolso- y preguntó: “¿Llevás protección?”.
Texto de Florencia Arbiser en La Nación.
Si querés leer más: Historias con vida.





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