
El dolor de una persona. La solidaridad de una familia. Un mensaje: “La Mirada de D-s no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias pero D-s mira el corazón”(1Samuel 16,7).
“Nuestra casa se ubicaba exactamente frente a la entrada del Hospital John Hopkins. Vivíamos en el primer piso y alquilábamos el segundo a algunos pacientes que buscaban dónde quedarse mientras duraba su tratamiento. Una tarde de verano escuché que tocaban a mi puerta. Abrí y vi a un anciano verdaderamente repugnante. “Es un poco más alto que mi hijo de ocho años”, pensé mientras miraba su cuerpo pequeño y arrugado. Lo más aterrador era su rostro, deformado a causa de la hinchazón, y las heridas que todavía estaban en carne viva. Sin embargo, su amable y dulce voz contrastó radicalmente el escenario cuando dijo: “Buenas noches. He venido a ver si usted tiene una habitación disponible tan sólo por una noche. Vine esta mañana desde la costa este para un tratamiento y no hay ningún bus hasta mañana temprano.”
Me comentó que había buscado un cuarto por varias horas pero que no había tenido éxito, pues al parecer nadie tenía habitaciones disponibles. “Debe ser por mi rostro. Sé que se ve horrible, pero mi doctor dice que con algunos tratamientos más…” Por un momento vacilé en aceptarlo como huésped, pero sus siguientes palabras me convencieron: “Puedo dormir en esta mecedora, aquí afuera, en la entrada”. Le dije que le buscaríamos una cama. No era muy difícil darse cuenta que este hombre tenía un inmenso corazón viviendo en su pequeño cuerpo. Me dijo que pescaba para mantener a su hija, sus cinco nietos y su esposa, quien había quedado inválida por un problema en la columna. No lo contaba para quejarse; de hecho usaba mucho el “gracias a D-s…”. Estaba agradecido de no sentir dolor alguno por su enfermedad. Sobretodo, agradecía mucho a D-s por la fortaleza que le daba para poder seguir adelante.
Pusimos para él una cama en el cuarto de los niños. Poco antes que se fuera, y como si pidiese un gran favor, me preguntó, “¿Podría quedarme aquí la próxima vez que reciba el tratamiento? Sus niños me hacen sentir como en casa. A los adultos les asusta mi rostro, pero a ellos parece no importarles”. Yo le dije que era bienvenido en cualquier ocasión.
Durante los años que vino a quedarse con nosotros siempre nos traía pescados, ostras o vegetales de su jardín. Cuando recordaba estas cosas, pensaba en un comentario que hizo nuestro vecino después que partió aquella primera mañana: “¿Alojaste a ese repugnante hombre anoche? ¡Yo lo rechacé! ¡Puedes perder clientela recibiendo tal gente!”. Probablemente haya perdido clientela una o dos veces. Pero si tan sólo lo hubieran conocido, tal vez sus enfermedades hubieran sido más fáciles de sobrellevar. Sé que nuestra familia estará siempre agradecida, aprendimos de él a aceptar sin quejas lo malo y a aceptar con gratitud a D-s lo bueno.
Recientemente estaba visitando a una amiga que tiene un vivero. Me estaba mostrando sus flores hasta que llegamos a la más bella de todas, un crisantemo dorado. Para mi sorpresa estaba creciendo en un viejo balde oxidado y abollado. Pensé que si fuera mi planta la pondría en la mejor maceta que tuviera. Mi amiga me hizo cambiar de parecer. “Me quedé sin macetas -me explicó-y, sabiendo cuán bella sería esta flor, pensé que en no importaría que brote en este viejo balde. Es sólo por un corto tiempo, hasta que la pueda poner en el jardín”. Sonreí, me estaba imaginando esta escena en el cielo: “Aquí está uno especialmente hermoso -debe haber dicho D-s al encontrarse con el espíritu del viejo pescador-, no le importará empezar en este pequeño cuerpo”.
Adaptación del cuento “El viejo pescador”, publicado en www.jinuj.net.





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