
El Rabí Zeeb Mizebrez era, desde siempre, muy pobre. (…) Sin embargo, una sonrisa se dibujaba siempre en su rostro y jamás se lo escuchó quejarse de su difícil situación. Todas las Mizvot (preceptos) que él cumplía, las hacía con entusiasmo. Pero había una Mizvá que era su preferida, que esperaba todo el año para llevarla a cabo, y a la que nadie como él se entregaba: La Mizvá de Arbaá Minim (4 especies). Durante todo el año se privaba del poco pan que tenía para comer, ahorraba moneda por moneda, y juntaba una respetable cantidad que le permitía comprarse siempre el mejor Etrog (citro) de todos los que se ponían a la venta.
Cierta vez, en la víspera de Sucot, iba con su pequeña fortuna a la ciudad de Lebob a escoger el Etrog más bello, con los vendedores más importantes. Éstos siempre reservaban los ejemplares más bonitos, para ofrecérselo a aquel extraño personaje, quien con ropas raídas y viniendo a pie de tan lejos estaba dispuesto a pagar grandes sumas con tal de que se trate de un Etrog sin ningún tipo de defectos. Esa vez, Rabí Zeeb estaba desbordante de alegría: había logrado reunir una cantidad de dinero mucho mayor de lo acostumbrado.
(…) En el trayecto, divisó un grupo de personas agolpadas. Se acercó al lugar y vio que en el medio estaba sentado en el suelo un hombre, sumido en un amargo lamento. Preguntó Rabí Zeeb el motivo de su angustia. “Este Iehudí -le informaron- es un pobre carrero cuyo único medio de subsistencia lo constituye su carreta. Cuando llegó a Lebob, su yegua murió. Y ahora está muy preocupado porque no sabe cómo podrá mantener su hogar, su esposa, sus hijos…”. Se acercó Rabí Zeeb al oído de aquel hombre y le preguntó: “¿Cuánto te piden por un nuevo caballo?”. Cuando el hombre le dijo la suma, sacó inmediatamente su cartera y se la colocó en las manos. “Aquí tienes” -le dijo-, tu problema está resuelto“. Sse dio vuelta y se perdió en la multitud. En vano lo buscó aquel carrero para agradecerle. Con las pocas monedas que le quedaron, compró Rabí Zeeb un Etrog de los más baratos, que apenas servía para decir Berajá (bendición) sobre él. Cuando regresó a su casa su rostro irradiaba una felicidad poco común.
(…) A la mañana del primer Iom Tob (día festivo), Rabí Zeeb tomó con emoción su Etrog, dijo Berajá sobre él y se puso a bailar con él en sus manos con una alegría indescriptible. ”¿Éste es el Etrog del que tanto hablabas?”, le preguntaron. “Este es el Etrog -respondió- más bello y Kasher que haya existido, es la causa de que en la casa de un pobre carrero reine en este Iom Tob la alegría y la felicidad”.
Fuente: Tora.org






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